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La educación bilingüe en el Perú

En el Perú, el castellano ha cumplido un papel soberano frente al quechua y otras lenguas indígenas; ello producto de narrativas coloniales que establecieron una legalidad para el español y marginaron las lenguas indígenas. En lingüística este hecho es conocido como diglosia expandida: una situación de convivencia entre dos grupos o comunidades lingüística diferentes, en la cual uno de ellos afirma una hegemonía sobre el otro amparado en una supremacía cultural, social u oficial. La diglosia expandida, o simplemente diglosia, ha sido una disciplina ampliamente estudiada por la sociolingüística y antropología peruanas. Desde la década de 1980, estas disciplinas vienen dedicando amplios estudios demostrando la situación adversa que afrontan las minorías no hispanohablantes en el sistema de educación pública.

Como sabemos, el fin de la Edad Media estuvo marcado por la aparición del llamado Estado moderno. Los otrora poderosos señores feudales ven perder su poder ante sus reyes y estos, a su vez, empiezan a preocuparse por los problemas surgidos en un territorio que durante el Medioevo ha tendido a disgregarse, diferenciar y atomizarse. Este primer intento de “modernización” incluyó la adopción de elementos comunes —como, por ejemplo, un mismo idioma— que permitiera la homogeneización de sus habitantes y, así, facilitar su administración. Sin embargo, las monarquías europeas no sintieron necesidad de exportar este modelo a sus nuevas colonias fundadas en todo el mundo y, más aún, alentaron —como en la América Colonial—  una separación entre colonos y naturales. Las nacientes republicas latinoamericanas heredaron de la época colonial sociedades desestructuradas y diferenciadas racialmente (criollos, mestizos, indígenas, negros y las demás castas); y sus nuevas élites gobernantes criolla impusieron su propio proyecto nacional —imitado del europeo— hacia los demás sectores de la sociedad. Décadas más tarde, luego de la anarquía de nuestras primeras décadas republicanas, el pensamiento de las clases dirigentes, alentado por el positivismo social en boga en las élites latinoamericanas, dominarán las políticas estatales de expansión interna de fines del siglo XIX, teniendo como objetivo asimilar a los sujetos subalternos (como el indígena) mediante la eliminación de su ser cultural y marginando toda influencia andina dentro de la pretendida cultura nacional que proyectaban.

En el siglo XX, la educación ha servido a procesos de homogenización social en las repúblicas latinoamericanas. En países con población étnica tan diversa, la principal meta que asumieron los estados al expandirse fuera de las ciudades fue la uniformización cultural de sus habitantes (como lo habían buscado las grandes monarquías europeas desde la Edad Moderna), lo cual consideraban paso necesario e indispensable para el progreso nacional. La educación, entonces, se convirtió no solo en el medio a través del cual se instruyó conocimientos a la población, sino que también sirvió para incubar símbolos que harían “comunes” a sus habitantes. Algo característico en la educación pública de la primera mitad del siglo XX era que esos símbolos obedecían a ideales propuestos por los estratos sociales al cual pertenecía la élite gobernante, la cual no se sentía en la necesidad de discutirlo con aquellos otros sectores que habían quedado marginados dentro de su proyecto nacional.

Así, los proyectos educativos nacionales en el Perú se han manejado en dos vías: una que propone la asimilación del indígena, dejando atrás todos sus conocimientos por una vida occidental que —supuestamente— garantizaría la integración nacional (y, por ende, el progreso de toda la nación peruana); y otra que propone la inclusión del indígena, en la cual se respete sus conocimiento y se les enseñe a utilizarlos en la vida diaria (comprendiendo en ese proceso que su cultura es tan válida como cualquier otra), formando una integración nacional en base a una identidad plural.

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